¿Podrían los verdaderos instrumentos ponerse de pie?

Cuando pensamos en música para orquesta, la palabra “instrumento” nos trae a la mente el violín, el violonchelo, el trombón, los timbales, la flauta, el contrabajo, el piano y otros. Pero ¿qué pasa con el propio músico? ¿Cuál es el impacto de su estado personal sobre la música? ¿Acaso no son los músicos el “instrumento fuente”? LEER MÁS

¿PODRÍAN LOS VERDADEROS INSTRUMENTOS PONERSE DE PIE?

por Caroline Ward

17 Enero, 2018

Cuando pensamos en música para orquesta, la palabra “instrumento” nos trae a la mente el violín, el violonchelo, el trombón, los timbales, la flauta, el contrabajo, el piano y otros. Cuando agregamos un cantante sobre el escenario, entonces es la voz la que se convierte en instrumento. Pero ¿qué pasa con el propio músico? ¿Cuál es el impacto de su estado personal sobre la música? ¿Acaso no son los músicos el “instrumento fuente”?

Recuerdo que, hace como veinticinco años, un amigo me contó que había participado en un encuentro internacional de liderazgo en un castillo, en la cima de una colina en las afueras de Praga. En esa reunión había una diversidad de personas de negocios muy encumbradas, pensadores globales, estrategas y artistas (entre ellos, más de treinta músicos de orquesta). Los músicos provenían de lugares lejanos y cercanos, y muy pocos habían tocado juntos antes. Luego de una serie de conversaciones exploratorias acerca del estado del mundo, entre todos decidieron hacer algo que muchos nunca antes habían hecho… jamás. Les daba cierto nerviosismo sugerirlo y, más aún, intentar ponerlo en práctica. Pero mi amigo contó que lo que ocurrió luego del experimento cambió su vida inexorablemente… para siempre.

Juntos, decidieron ensayar la meditación. Se quedaron en silencio… al principio un poco incómodos, pero, tras unos pocos minutos —según comentaron todos después—, de algún modo, aquello se sintió cómodo e incluso natural. Esta escena tuvo lugar hace casi treinta años, así que, en el mundo de los negocios, la ciencia, las orquestas y en casi cualquier otra área de la actividad humana, la meditación era algo súper extraño, una cosa para hippies o hindúes. De todos modos, aceptaron el desafío y lograron realizarlo… todos en silencio… juntos… incluidos los músicos.

En aquella época mi amigo no era creyente —en la música clásica, quiero decir. Encontraba que la “música docta” era cansadora y tediosa, aburrida y poco interesante; básicamente, apenas la toleraba en el ascensor que lo llevaba a la suite presidencial de su hotel favorito. PERO… cuando terminó aquella meditación en el castillo, sin planificación, sin partituras, sin director de orquesta, sin haber ensayado ni tocado juntos antes, los músicos tomaron sus instrumentos y comenzaron a tocar música. SUBLIME… dijo mi amigo. TRANSCENDENTE. Él y todos los demás presentes, incluidos los sorprendidísimos músicos, quedaron convencidos… para siempre. Los instrumentos humanos se habían afinado a sí mismos, se habían afinado entre sí y se habían volcado a afinar y tocar sus instrumentos “fabricados”.

¿Qué fue lo que ocurrió, entonces? El acto mismo de estar juntos en silencio, de calmar las ondas, las vibraciones de la mente, hizo que los músicos se unieran en armonía consigo mismos y entre sí (y también con el público). Así que, cuando levantaron sus instrumentos para crear más ondas, hubo un solo resultado posible: armonía colectiva. Como dijo mi amigo: “sublime”.

Hoy, más de 25 años después, aún quedan algunos escépticos que se sienten amenazados por la idea de la meditación y el estudio de la mente; pero van disminuyendo en número a medida que se ven los resultados. Por una parte, la meditación es una poderosa herramienta para el manejo del estrés y las emociones y, por otra, forma parte de un conjunto de técnicas mentales de alto desempeño que impulsan la excelencia en una amplia gama de actividades.

Cuando comencé a estudiar la ciencia de la mente y el cerebro hace casi 30 años, fue más o menos en la misma época en que los entrenadores de los atletas de élite comenzaron a entender que la mente es la fuente originaria de todos los resultados. En aquel entonces, aprendimos que los resultados están determinados por las palabras que nos decimos a nosotros mismos, en conjunto con el tono, volumen, intensidad y emoción que empleamos, las imágenes que creamos: si son o no estáticas, si estamos fuera o dentro de la escena, si hay movimiento, si son en blanco y negro o en colores, grandes o pequeñas, cercanas o lejanas, si hay una “banda sonora”, etc., etc.

Lo que hacemos con nuestra mente, con nuestros pensamientos, crea la experiencia que sentimos, y eso influye radicalmente sobre la manera en que actuamos, las decisiones que tomamos, cómo nos movemos en el mundo y, por lo tanto, sobre los resultados que experimentamos. La ciencia del éxito comienza y termina con la comprensión de la ciencia de la mente. Lamentablemente, con todos los estudios existentes que demuestran el poder de esta ciencia, aún no se enseña en las escuelas. No obstante, está disponible, y ahora, por fin, está también disponible en el mundo de la música clásica.

En Fanjul & Ward acompañamos a nuestros artistas para que aprendan y practiquen el arte de “ser” el instrumento y, al mismo tiempo, entiendan y apliquen el sistema y la ciencia de alcanzar el éxito verdadero.

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