Clásica: ¿Música bonita o algo más?

La ignorancia acerca de las dimensiones más profundas de la música clásica lleva a que la usemos como un elemento decorativo secundario, un convencional símbolo de estatus o algo para “realzar la ocasión”. Pero ¿qué pasaría si realmente conociéramos su poder transformador? LEER MÁS

CLÁSICA ¿MÚSICA BONITA O ALGO MÁS?

por Felipe Elgueta Frontier

17 Enero, 2018

Una de las situaciones más desalentadoras con que los músicos clásicos suelen toparse hoy es la de tener que justificar su labor. Difícil desafío porque ¿qué aporta la música de Mozart al PIB o por qué habría de invertirse en la formación de orquestas y músicos clásicos si los ingenieros son más útiles para el “desarrollo”? En la base de estas preguntas se hallan conceptos sumamente estrechos acerca de lo que se entiende por desarrollo y su insuficientemente cuestionada relación con el crecimiento económico. Pero, como no soy economista, miraré el asunto desde la otra orilla y afirmaré que tales preguntas ni siquiera existirían si realmente conociéramos el poder transformador de la música. Si así fuera, nadie se animaría a decir, como cierto connotado político, que “la tarea número uno es crecer [económicamente], todo lo demás es música”.

Tomemos a Beethoven, por ejemplo. La directora Alejandra Urrutia convocó a fines de 2017 a un festival dedicado enteramente a este compositor en Santiago de Chile. Medio centenar de músicos, mayormente jóvenes, pasaron dos días tocando sus obras para piano y ensambles de cámara en una maratón que culminó apoteósicamente con la Fantasía Coral para piano, 6 solistas vocales, coro y orquesta a teatro lleno con un público enfervorizado aplaudiendo de pie.

La gente suele decir que la música clásica “relaja” o que es “bonita” o que incluso puede ser terapéutica o estimular la inteligencia de los niños. Pero eso no es entender el poder de la música. Ninguna de estas razones explica que el alemán Beethoven pueda causar tal devoción en la remota Latinoamérica, ni que su música se haya seguido tocando ininterrumpidamente por dos siglos. Hay algo mucho más profundo aquí.

Por desgracia, la ignorancia acerca de aquella dimensión más profunda lleva a usar la música clásica como un elemento decorativo secundario, un convencional símbolo de estatus o algo para “realzar la ocasión”, pero sin incorporarla realmente como parte importante de nuestras vidas. Así, por ejemplo, la reciente celebración masiva del Bicentenario de la Declaración de Independencia de Chile en las plazas del centro de Concepción incluyó un concierto con tres secciones. La primera de ellas era clásica y se iniciaba con una obra de Beethoven. La orquesta tocó bien y el público se mostró respetuoso, esperando pacientemente a que pasara esta “música bonita” y llegara la verdadera celebración con las secciones dedicadas a rock y cumbia. A nadie se le ocurrió que Beethoven tuviera alguna relación con lo que se estaba conmemorando.

Ahora imaginemos el impacto que habrían tenido unos simples cambios. En lugar de desafiar la paciencia del público masivo tocando entera la juvenil y relativamente poco dramática Sinfonía n° 1, se podría haber tocado la breve y épica obertura al drama “Egmont”. El presentador del evento podría haber introducido la pieza mencionando el importante dato de que Beethoven fue contemporáneo de los movimientos independentistas de Latinoamérica y que reflejó en su música aquellas ansias de libertad que se difundían por el mundo tras la Revolución Francesa. Además, podrían haberse mencionado algunos elementos de la historia de “Egmont” que se representan en la obertura y aluden, curiosamente, a una exitosa lucha de resistencia contra España, la misma potencia mundial de la que se liberó Chile.

Así, escogiendo una obra adecuada y ofreciendo una breve introducción, podría haberse abierto la posibilidad para comprender que Beethoven sí tenía una íntima relación con el Bicentenario, casi como si fuera una banda sonora de nuestra propia Independencia. El multitudinario público ansioso por escuchar rock y cumbia podría haberse apropiado por un momento de una pieza de música clásica y empezado a experimentar aquella misteriosa resonancia que ya se extiende a lo largo de dos siglos.

Y así como en la música de Beethoven se reflejan los conflictos de su sociedad, también lo hacen sus conflictos más personales e íntimos, que entran en resonancia con nuestros propios conflictos, incertidumbres, dolores y amores… Beethoven y toda gran música es un espejo en el cual podemos ver nuestra propia humanidad en todas sus facetas, desde sus frustraciones hasta sus visiones de trascendencia. Así, la música nos puede acompañar en nuestras tristezas y en nuestras celebraciones, no como decorativo tapiz de fondo, sino como “amiga del alma” y como antídoto contra la soledad: un puente desde nuestro ser íntimo hacia otras personas, incluso de otras culturas y otras épocas.

Con Fanjul & Ward compartimos el anhelo de desatar todo este poder de la música para quebrar soledades, unir corazones e inspirarnos a buscar una vida más plena. Y esto no solamente implica impulsar a los músicos a alcanzar su máximo potencial como artistas y personas, sino también desarrollar mejores estrategias para presentar la música a las diversas audiencias de hoy, un desafío indispensable si queremos dejar en claro la relevancia de este arte que tanto amamos y que nos ha dado tantos bienes, de esos que no se consumen.

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